Un árbol golpeado por el relámpago. Sobre «Secciones eternas y otros poemas» de Tom Raworth

Por Nina Avellaneda

Con traducción y prólogo de Kurt Folch, este libro se resiste a ser leído siguiendo un método. Es cierto que no existe un «procedimiento» para leer poesía, pero en los poemas de Secciones eternas, la independencia del lenguaje es radical. ¿Independencia con respecto a qué? Como señala Folch, con respecto a los demás discursos posibles. Radical en la distancia que establece con la función comunicativa del lenguaje, con la premisa de que este último «traduce» mediante una lógica de correspondencia la simultaneidad del pensamiento.

La primera parte de este libro, “Secciones eternas”, la compone una serie de poemas sin mayúsculas y nada, o casi nada, de puntuación. Todos los poemas están construidos por catorce versos breves, dos por página, lo que hace imposible no atender a la silueta de los textos.  En un primer acercamiento, los poemas son, antes que todo, ordenados bloques de palabras que se repiten –eternos— a lo largo de las páginas. La forma, el dibujo que se traza, subraya la materialidad de las palabras, una que prevalece más allá de los sentidos asignados.

La segunda y tercera parte del libro: “Cabaña promedio” y “Antología” abarcan poemas publicados entre 1966 y 2015, los que desarman la estructura visual que se sostenía hasta la página 159. En común, el volumen presenta la velocidad. “Velocidad antes que música” sugiere William Rowe en un breve texto que antecede a las “secciones eternas”, lo que no quiere decir que no haya un ritmo. La velocidad de la poesía de Raworth es la del pensamiento entrando por los ojos, el espacio doméstico y el ámbito político. Las cosas. Todo dispuesto frente a una mirada y una intuición que no escinde, sino que integra. Carente de una organización que considere lo general/particular,  el antes y el después, los poemas comienzan por cualquier lado, las cosas aparecen –estallan— y se disuelven, dando paso a la siguiente escena, que se vuelve a esfumar entre sonidos e imágenes que parecen ir siempre adelante:  

“el destello del lirio naranja
bajo las rampas, silencioso
en su amplio seno
indiferente a la moda
formas más delicadas
que ya no se usan
seda muaré gastada por el tiempo
al alcance del oído
al apagarse la lámpara
hizo un ruido por un rato
descendieron escalando
atreviéndose a mirar
antes de medianoche
podría ponerse en palabras”

(p. 49)

Hay algo en la composición de los versos –y esto lo recoge muy bien la traducción— que hace de las palabras instrumentos que embisten, que saltan a la cara más allá de la significación y el entendimiento. ¿De qué orden es la mirada de Raworth? Diría que intuitiva. “En realidad buscar conocimiento no tiene sentido para mí. Ningún sentido. Me interesa andar en la dirección contraria. Estar completamente vacío y entonces ver qué suena”. Es también la actitud de alguien que desconfía de la razón, y la del taoísta, si no fuera porque el escenario de Raworth no es la naturaleza sino la ciudad, son las vivencias del centro urbano las que producen en él la despersonalización, su escritura de sujeto sin rostro, sin individualidad, casi una voz que constata y se vuelve a hundir en el instante.

(…)no hay signo de fatiga
una política de pura destrucción
llevada en camiones sin patente

(p. 51)

utilizar el poder colectivo
es una aspiración
la intuición se vuelve preguntas
punto de partida, método
mientras la misión
no puede ser nada menos
les caen encima
de lo contrario no se mueven
ambiente o alrededores
a la más mínima agitación
puede ocurrir un desalojo
bajo la apariencia del bien
hundir lo más horrible
al aire libre

(p. 55)

Palabras como petróleo, bien, patente, o desalojo, configuran fragmentariamente un horizonte donde lo político, es decir “la vida en común”, como apunta Folch en su prólogo, aparece bajo amenaza. No es, sin embargo, la voz de un individuo la que denuncia o expone, sino el oído agudo de alguien intentando dilucidar lo oculto en aquello que habita entre el mundo y sus palabras.  

La escritura como la lectura son ejercicios que obligan al desplazamiento psíquico. El movimiento rara vez es lineal; se ve interrumpido por voces que no sabemos con certeza de donde surjen, saltos temporales, espaciales, malos entendidos, ambigüedad. Cada quien construye su visión, la de Raworth es caótica como un sueño, como el sueño de un personaje de Raúl Ruiz, o como el diálogo coral de una familia en una película de Lucrecia Martel, por nombrar algunos creadores con los que asocio su poética. Supongo que no es el azar lo que hace que ambos sean cineastas, pues en la poesía de Raworth el montaje es indisociable de la técnica.

(…)
                  nuestras  sombras en la luz eléctrica

cuando tenía ocho años me enseñaron
a escribir de verdad
                    unir las letras

escucha dijiste yo preferiría mirar                

  al mar.    allí todo se detiene en ángulos extraños

solo los botes lo arruinan
haciéndote enfocar más lejos

(p. 209)

Si la escena de sombras humanas que leemos en los versos recién citados sucediera en una película a continuación habría un corte. Escena de infancia, adquisición de una escritura de verdad. Corte. Diálogo que remite a una escena marina, alguien habla sobre la extrañeza del agua y sus ángulos, sus no-ángulos, en oposición a lo que se recorta en el horizonte, es decir, lo que tiene forma: botes a la distancia. Hay cierto desenfado en la preferencia por lo informe, que sin embargo puede ser descrito. Leemos en otro poema:

HAS ARRUINADO MI NOCHE/
HAS ARRUINADO MI VIDA

si fuera ocho personas y entonces los problemas se esfumarían
solo como una cargo las complicaciones
en una casa tibia techada con la costilla de un elefante
gasto mis mañanas grises repasando películas
las imágenes son distintas pero la intención es distinta
los actores me hacen reverencias elegantes y yo les envidio
sus roles repetidos, su constante presencia en ese mundo

si fuera ocho personas cada una habitando el sueño de otra
caminando por corredores de páginas enmarcadas con vidrio
diciéndose mutuamente las últimas líneas de cartas
recogiendo fruta en un sueño y almacenándola en otro
solo como una cargo las complicaciones
y las imágenes son las mismas, su constante presencia en ese mundo
los actores me hacen reverencias elegantes y envidian mis mañanas grises

si fuera ocho personas con la costilla de un elefante
recogiendo fruta en una casa tibia sobre actores haciendo reverencias
repasando las películas de mi presencia en este mundo
los problemas se esfumarían y las imágenes serían las mismas
ocho personas, corredores de vidrio, líneas repetidas de páginas
habitando mañanas grises techadas con mis complicaciones
solo como uno caminando elegantemente almacenando mi sueño

(p. 227)

El primer verso: “si fuera ocho personas y entonces los problemas se esfumarían” presenta una anomalía gramatical. Sobra la conjunción o el verbo esfumar está mal conjugado. Pero el poeta conoce la gramática de su idioma, nos lo hace saber en el límite de la norma, aún así el verso parece el decir de alguien que aprende un idioma, un extranjero, o un niño. Luego el contraste entre ocho y una persona cargando complicaciones, y la imagen de la costilla de un gran animal techando una casa. Las mañanas grises del sujeto que se lamenta por ser uno, las películas, los actores y su realidad más patente que la suya. ¿Qué clase de sueño es este? En la segunda estrofa surge la palabra sueño. Son sueños que se interceptan, que se comunican entre sí, cabezas que en sus sueños se comunican. La cabeza del mismo hombre que rechaza su unicidad. La envidia se traslada a los actores, la constancia es de las imágenes. Si el poema fuera un engranaje, en la segunda estrofa presenciamos su movimiento, lo que era de A corresponde ahora a B, y lo de B es de C. En la tercera estrofa, nuevamente el imaginario se tuerce: “habitando mañanas grises techadas con mis complicaciones”. El primer verso a esta altura parece construido por dos enunciados superpuestos. Al final del poema, alguien, el mismo individuo que anhelaba ser ocho, camina elegantemente atesorando su sueño. El mismo sujeto que ha arruinado su noche y su vida, camina con elegancia cuando sueña.

¿Qué hay en la lógica de los sueños que permite una salida elegante a las complicaciones? ¿Qué ignoramos en los sueños, o qué permite nuevos sentidos? Una respuesta un tanto obvia es pensar que las extrañas relaciones, digamos, la sintaxis de los sueños, posibilita nuevas formas y miradas, pero tras leer Secciones eternas, pienso que existe otro elemento además de la velocidad, además del montaje, de las extrañas relaciones, y tiene que ver con el desconocimiento de algo. Desconocer, ignorar, despeja el terreno a una intuición y una inteligencia ubicadas siempre al comienzo, previas a la experiencia, previas incluso al lenguaje. Al inicio de La intuición del instante, Bachelard escribe:

 “Cuando un alma sensible y culta recuerda sus esfuerzos por trazar, según su propio destino intelectual, las grandes líneas de la Razón, cuando estudia, por medio de la memoria, la historia de su propia cultura, se da cuenta de que en la base de sus certidumbres íntimas queda aún el recuerdo de una ignorancia esencial”.

Me parece que ese es el lugar desde donde escribe Raworth, y entonces sus poemas se amparan, como en “Haz arruinado…” en la condicionalidad, la multiplicidad, los saltos sensoriales, y en la desconfianza por lo humano, lo político. Esta desconfianza se extiende incluso a la poesía cuando se ha vuelto mero artificio estético: “(…) Haciendo de sí mismos árboles japoneses ornamentales, seguridad, en lugar de árboles golpeados por el relámpago” El movimiento es veloz y centelleante, como un poema, como el lenguaje tomando consciencia de sí, como aquello que aparece entre el sonido y su escucha.


Secciones eternas y otros poemas
Edición bilingüe de Kurt Folch
Ediciones Tácitas
273 p.

Tom Raworth (Londres, 1938-2017) desde 1966 publicó más de cuarenta libros y cuadernillos de poesía, prosa y traducciones. Aunque el volumen y variedad de su trabajo es muy amplio, existen ediciones compilatorias importantes: Tottering State (1984), Collected Poems (2003), XIVLiners (2014) y As when (2015). Es considerado uno de los poetas más importantes de la literatura de lengua inglesa contemporánea.

Kurt Folch (Valparaíso, 1970), poeta. Como traductor ha publicado Las alegres casadas de Windsor de William Shakespeare (2002), Secciones eternas de Tom Raworth (2011), Chomei en Toyama de Basil Bunting (2017) y Efectos a de Michael Farrell (2018).

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