Sobre “El amor oscuro”, o la obra de ser uno

Por Mariela Malhue

“Hay algo de violencia en cómo las pie-/zas de una construcción se montan, se/ unen, se condenan a permanecer juntas hasta que llega un desastre. Gestos que permean en cómo entendemos lo doméstico y el exterior. Mostrar la costumbre es encerrarla, quedarse en un encierro, como si esa rutina se incendiara ante cualquier fuente de luz.”

Este es uno de los primeros poemas de El amor oscuro; un libro que observa espacialmente la realidad, y lo que las terminologías del espacio le han hecho a la constitución de lo humano. Un libro que lucha contra la interrupción de lo nómade, y lucha también contra la cultura, pensándola aquí, como la acumulación de edificaciones que paralizan el discurrir de los cuerpos.

Sería cómodo leer este texto como el artificio que efectúa una serie de tres entre la construcción material, la construcción del poema, y la construcción de los modos sociales. Hay algo de esto, sin embargo, por medio de muchas capas de lectura que se presentan simultáneamente, nos encontramos con una entrega considerable de múltiples vetas. Vetas de la mirada, vetas del tacto, o vetas de la madera, que envejece una vez puesta al servicio de una vivienda: “en unos meses/ ya no sabremos nuestra posición/ por dónde han pasado esas huellas/ la construcción creciente/ no está grabada en estos muros/ un árbol no habla de sus llagas”

“Toda producción humana y, por extensión, también, toda obra arquitectónica, se inserta en la realidad, modificándola. La realidad, o como la define Bernardo Secchi, el contexto, es un elemento fundamental y determinante en arquitectura. La obra responde al contexto, se inserta en él y lo transforma.” La cita es de Umberto Bonomo, arquitecto italiano que a partir de la Villa Portales efectúa una serie de cuestionamientos sobre el papel de la vivienda en la vida moderna en Chile. La mención se debe a que es uno de los hitos arquitectónicos de nuestro territorio donde se juega algo de la constitución subjetiva a nivel colectivo. Y en algún punto, El amor oscuro, trabaja sobre ese discurso, sobre esa materialidad.

La segunda publicación de Francisco Cardemil realiza una macrocomposición por medio de distintos soportes poéticos que se ensamblan con el carácter de un puente sísmorresistenteo un funcionamiento similar a la propuesta por el concepto de tensegridad, el cual se refiere a una combinación entre rigidez y elasticidad para mantener una estructura. La tensegridades la propiedad presente en un sistema que se apropia de cables y de la rigidez de otros elementos capaces de actuar conjuntamente bajo esfuerzos  como la tracción y compresión propiciando resistencia y estabilidad formal. Trabajan similar a las estructuras biológicas, como músculos y huesos, interconectados, donde uno fortalece al otro. En síntesis, es un sistema de autoequilibrio estable. De igual manera El amor oscuro recorre diferentes ejes que se imprimen a lo largo del texto, tensionando y al mismo tiempo volviendo flexible la condena de la idea binaria de un exterior-interior.  La materia como aporía que interroga a la realidad. Cuestionar, e incluso dislocar la idea de que es vía lo tangible que el patrimonio existe.

Se presenta ya en los inicios del libro la persistencia sobre la pregunta de cuál es el componente de la construcción, acaso la materia, o el vacío, o hay un punto donde ambos participan de manera equivalente. El refugio que constituye una vivienda, sostiene un monto de desidia; el espacio deviene cárcel donde los afectos se leen con el peso de su obligatoriedad.  Se transmite entonces en este poemario, el rechazar el hogar, la casa, lo cual es al mismo tiempo, rechazar un eje fundamental de nosotros mismos.

Estamos en presencia de un libro donde solo los poemas en verso poseen títulos, como si solo aquello que se fuga de la linealidad del habla pudiera denominarse;  y luego otros poemas que funcionan como verdaderos micro ensayos sobre el espacio y la vida que encierran, se disponen como una crítica a las tecnologías de la edificación, y construcción habitacional. Cito “El gran brazo de la grúa hizo posible una jaula. Eso respiramos. Todo lo que vemos es una composición. Registro de movimientos, máquinas, humanos, compactados en una textura.” Logra transmitir la inquietud y la asfixia del cúmulo. Una casa también es habitada por quién la habita, la casa como valor vivo (en clave de Bachelard), es posible de ser puesta en discusión, al igual que el sentido de la acogida; este libro se desinviste de las lecturas amorosas sobre la dimensión del cobijo. Lo que tenemos,  nos tiene y nos recluye.

Concurre a este amor oscuro, la costumbre, los hábitos vueltos insoportables (“el deterioro está en los huesos, traspasa y es consumido, adaptado por los hábitos de la gente y sus adornos. Lo genérico no necesita preservación”). Se inaugura una presencia estructural que debiera ser destruida. Está escrita en esta obra, una manera de dar cuenta lo que el espacio le hace a la subjetividad. Bloques de texto se componen como los bloques en un muro que intentan dar las bases sobre la definición de lo humano. Las palabras, en el poemario de Francisco, encarnan el peso del hormigón, el granito, la cal.

Propone entonces, insertar espacios corporales que extiendan el límite de la disciplina del vivir, destruir los diques que limitan la huida, más allá de la palabra, también intercalando collages durante el libro que arrastran la idea de reparación a las condenas del lenguaje. Si destruimos la rectitud de las líneas que estructuran la vida, podremos hablar por medio de la imagen, dejarnos decir por el horizonte, por el plano, o por el mapa.

Muchos de los poemas se introducen con enumeraciones de lo que observa un ojo pasando por edificios indeterminados, que otorgan la sensación del ingreso a un sitio reducido.  Se deslizan las palabras como si se deslizaran por la baldosa, avanzan por una pendiente con dificultad, por los pasillos, pasarelas que aunque posibilitan el encuentro, también facilitan su aniquilación. 

La topografía de segmentos que se organizan al modo de un hogar fractalizado, colabora con preguntas sobre el carácter humano de la organización del espacio:

“preguntas desde cuándo existe el corredor/ desde cuándo existe el afuera/ si de verdad hemos salido/ después de compartirnos// todo nos fue dado/ por necesidad humana// estamos vendados en un callejón/ alguien más aguarda otro descuido/ ¿sabrías decir si también es humana/nuestra necesidad?”

E insiste el peso de la técnica en nuestras acciones, el miedo ante la repetición de los modos de vivir.

La manera en que lo externo participa del tiempo íntimo, y que Francisco da cuenta de forma excepcional, por medio de ajustes del lenguaje en el poema.

Deja en evidencia, el registro de la cultura en la cual necesitamos monumentos para afirmar el estatuto de la vida, pero en la que al mismo tiempo, hemos utilizado la edificación de una casa como excusa para desaparecer.

Articula a través de la utilización de distintas voces poéticas y personas gramaticales, el afecto entre los habitantes guiado bajo las mismas égidas que una construcción. Tanto las grandes construcciones, como las pequeñas.

Y ante esa hegemonía de lo humano, Francisco apuesta por dejar sobre la mesa una tentativa de desaparición. De la mano de la arquitecta sueca Katarina Bonnevier, me pregunto, qué pliegues, qué escarpados qué exploraciones nos podemos permitir, habitando en la gran construcción tradicional de los espacios, en qué momento, podemos imaginar la vida en emplazamientos que se resistan a acomodarse.

Permanece de todas formas una confianza en el vacío: “confían en la gente de las torres como se confía en lo cóncavo/el reflejo que conoce el engaño/ de la deformación”

Una marca impresa acerca de la tradición, la familia, la crianza, cierta obligación de estar juntos, la conservación.

Y a ratos, tal como las ortigas, el diente de león, o alguna planta sin nombre conocido, que crece entre el cemento resistiendo las pisadas de peatones, aparece el espacio del cuerpo íntimo, el erotismo haciéndose lugar donde casi no lo hay (“sobre jardines y empedrados/ cargadas de juegos infantiles/ no ser el ejemplo obstuso/en las muecas de los padres/ a su vista/ el hambre incontenible se reprime/demuele el valor de nuestro sexo”

Un libro que es como el anhelo de la destrucción del plan urbano, ampliar zonas baldías para que crezca otra cosa. Me atrevo a dudar: más que destruir, proponer preguntas, pero… ¿no es acaso sembrar esa duda, una manera sutil de destruir?

En palabras de Mercedes Roffé “todo cuadro, marco, enmarque o frontera no encierra otro paisaje que el de una arena movediza” O, a modo de cierre, como el amor, que aún anticipando potenciar la amplitud de la mirada, con frecuencia, se deja tentar por lo oscuro.

Francisco Cardemil Pérez (1995). Fue becario de la Fundación Pablo Neruda en 2018 y del Fondo del Libro en 2019 y 2022. Participó en las publicaciones Topiaria (2019) y Poemas contra la policía (2020) del Colectivo Frank Ocean y publicó Pueblos de tacto (Gramaje, 2021) y El amor oscuro (Libros del Pez Espiral, 2022). Obtuvo el primer lugar en el Concurso Nacional de Poesía Juvenil Pablo Neruda en 2013, y en los Juegos Literarios Gabriela Mistral, mención poesía, en 2019.

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