Sobre DRON, de Christian Anwandter

Por Sebastián Gómez Matus

En Dron (Pez Espiral, 2021) de Christian Anwandter, los espacios físicos son: un estadio a medio hacer, un centro comercial, la cueva de Chauvet y Fuerabamba (poblado peruano desplazado por un proyecto minero). Un dron como metáfora de la mirada vigilante que desterritorializa, el texto como resultado dialógico o dialéctico, según, entre un poeta y un robot llamado Dronbot. Esto, de inmediato, como consigna el texto aclaratorio, cuestiona la idea de autoría, pero ya no desde la jerigonza francesa, sino que, desde la praxis de la escritura en conjunto con lo que devuelve un robot al ser manipulado desde acá por un poeta y dos amigos informáticos (que al parecer son hermanos, lo que no sería un dato menor en esta proliferación de datos manipulados).

Dron asume lo que cualquier escritura debiera asumir sin necesidad de enunciarlo como mérito: la escritura es experimental. Si no lo es, ¿entonces qué es la literatura? La complejidad del libro lo vuelve inasible para un comentario crítico de extensión reducida. Sin embargo, quizá sirva decir de entrada que esta escritura pone en escena la crisis del sentido ampliando las posibilidades del sentido (con la camaradería de un bot). Esta crisis es manifiesta justamente porque el espectro en que se mueve la lengua-Mall, la lengua empresarial, acota el campo experimental de la lengua a una mercancía lingüística. En una sociedad capitalista los enunciados están muertos de antemano, se habla una esterilidad. De allí que la genialidad robótica que despliega el libro sea tan explícita con la pobreza verbal que produce y reproduce la mercadotecnia: “es una sociedad son los algoritmos mejores de una gente de los afirmantes”. Nuestro mundo carece de verbalización, la lengua es mercancía, y Dron devuelve a la poesía su capacidad de pensar. En la actualidad, son escasísimas las escrituras que piensan y que no confirman el status quo (esa excesiva legibilidad premiable) de la lengua.

Una segunda cosa: la crítica política al mundo en que vivimos está hecha donde corresponde: en el lenguaje. El lenguaje mismo está en crisis. Anwandter se encuentra con “un vocabulario nuevo por primera vez […] una nueva gramática”, lo que le permite salir, como un dron del texto, a recorrer nuevos territorios lejos de lo que perdimos en los mapas. En otras palabras, este libro le hace un favor a todos quienes leen y escriben poesía, puesto que plantea una exigencia (como diría Agamben del destinatario de la poesía) a quienes quieran escribir o leer poesía después de este libro. Lamentablemente, seguirán proliferando libros temáticos y de formato, libros concursables, pero lo cierto es que después de leer Dron no se puede encarar la escritura de poesía ni su lectura del mismo modo complaciente y anquilosado. Aunque sea invisibilizado por parte de quienes detentan la poesía como un hashtag, este libro es un antes y un después, es un libro “consecular al algoritmo” y baraja nuevamente las cartas de la poesía.

Aquí cabe establecer una relación entre irracionalidad y tecnología, sobre todo a propósito de “cómo interactúan los caballos entre sí”, lenguaje escrito y lenguaje robotizado, para distinguir de alguna manera las escrituras que están enfrentadas y transustanciadas, donde el bot es el primer lector y crítico de los textos antes de su aparición en la composición del libro. En El Caballo y el Gaucho, Pablo Katchadjian utiliza una metáfora de E.R. Dodds para entender la literatura, la que tiene resonancia con este pasaje que me permite hacer el comentario. Cito in extenso:

Tratar de entender al caballo que nos lleva en lugar de hacer de cuenta que no hay ningún caballo. La literatura sería el jinete. De todos modos, se podría decir que la literatura siempre hace esto, así que la diferencia estaría en el caballo: puede ser un caballo brioso, un caballo viejo, un caballo prestado, uno adormecido. Y si el jinete quiere creer que no hay caballo, también puede, aunque va a estar cabalgando igual y el caballo lo va a llevar adonde tenga ganas mientras el jinete piensa que está caminando. Es peligroso. Sobre todo si el caballo enloquece o si el camino es muy irregular. Aunque lo más probable, si el jinete actúa como si no hubiera caballo, es que el caballo no se mueva y no lo lleve a ningún lado. Entonces la pregunta sería: ¿cuál es el caballo que nos toca? No se sabe, hay que tratar de ir conociéndolo […] el caballo se va materializando a medida que cabalgamos. En ese caso, lo mejor será cabalgar con pasión para que el caballo no nos quede transparente o sin huesos. Y ahora se me ocurre que el caballo nunca se hace visible del todo, sino que por momentos vamos descubriendo partes y esas partes enseguida se borran cuando aparecen otras. La cuestión, quizá, es el compromiso con la visibilización del caballo. Esa es la literatura comprometida y la que me interesa: la literatura comprometida con la visibilización del caballo.

El Dron es nuestro caballo, y si analizamos la metáfora, un dron es un caballo contemporáneo: conquista territorios que antes le estaban vedados, aparte de ser un arma. Anwandter abre un espectro de posibilidades, le devuelve al juego su gracia. Una de las tantas cosas interesantes de este libro es que abre una partida que nos corresponde jugar a todos; es un acto de generosidad pura de la inteligencia para con el oficio, sin banderas ni andamiajes discursivos, al libro lo sostiene su extrañeza y sus miles de capas por desentrañar. En todo el libro hay desplegada una crítica feroz pero sutil al estadio de la lengua hoy, donde hay una mutabilidad aparente, una crítica espuria. Además, en Dron está la idea borgeana de que todo libro contiene su contralibro.

En el panorama ante nosotros, la mayoría está con el caballo adormecido o con el dron fuera de control y con las manos ocupadas con el control del dron. La parte que me interesa sobre todo es la materialización del caballo, que en el caso de este libro es la materialización de algo quizá no tan nuevo pero bien utilizado, lo que resulta novedoso, cuya complejidad de visibilización conlleva palabras nuevas, hápax, errores gramaticales, errores de género, todo en pos de poder hacer visible eso (el caballo, los desastres del dron) que gran parte de la “literatura” de nuestro tiempo, en consonancia con la autopublicidad de las redes sociales y la resaca de los contenidos algorítimicos, nos arrebata de la mirada. Quizás la gran búsqueda de este libro sea mostrar lo que se puede hacer con los recursos que tenemos a la mano, y desperezar las mentes pixeladas, ya que “la libertad animaba simulaciones”. Anwandter parece comprometido con visibilizar a la lengua como mercancía, pero al mismo tiempo propone una línea de fuga al sentido, que “arrastra las formas a su paso” con palabras como robierno, en esta tierramente algorítmica.

A propósito de la Tierra y los territorios, aunque conviene más hablar de desterritorializaciones y desplazamientos de sinsentido en el sentido como mapa de la pérdida, sobre todo por la veta aglutinante del sentido, que igual termina siendo una especie de unidad represiva para “el sígniple de la expresal”, hay una palabra que me permite una breve digresión semántica para intentar comprender la función de los territorios y lugares que estructuran el libro. La palabra es explace, la que leo como “ex lugar” y que en el contexto de la frase sería algo como un explazamiento. Si el mundo no es un ex lugar, ¿entonces qué es? O bien, si la empresa minera expulsa a la gente de Fuerabamba para poder explotar esa mina (un territorio es un concepto eminentemente instrumental) y construye Nuevo Fuerabamba con la promesa de que “tendrá zonas urbanas, amplias áreas verdes para el desarrollo agropecuario y una reserva ecológica”, esto significa que el poblado original es un ex lugar porque es desplazado de su lugar inicial, y al mismo tiempo la nueva locación deja de ser un lugar (o el lugar que era) porque ya no está vacío. Este procedimiento ocurre a cada rato en todos los niveles de nuestra sociedad, a nivel digital y material, ya que -como bien señala Hito Steyerl- lo digital está erigido sobre una base material. Simplemente hemos cambiado.

También hay otra palabra nueva que es una joya semántica: prohue. Muy chilena, muy pro algo, pro lugar (hue o we en mapudungún significa “lugar”). Anwandter se da cuenta de que el proceso de sinsentido en la sociedad contemporánea opera en el lenguaje y se traduce a las prácticas, sobre todo en el lenguaje articulado como red, red contenedora de las prácticas digitales que tienen consecuencias materiales. Es allí donde hay que disputar esa colonización y no “permitir estas poblados del comercial” para vivir con los “órganos cansados”. Otro alcance semántico: en el Perú “bamba” es algo adulterado, algo falso, mula. Esto refuerza la crítica subyacente en el libro al binomio original/copia, también trabajado en la cueva Chauvet y su réplica, entre el centro comercial y el afuera, que en este caso sería un afuera falso, puesto que el tratamiento algorítmico de las vidas nos mantiene siempre adentro del comercial, “de la transformación de las digitales”. De hecho, el lenguaje también pasa de un estado a otro, uno nuevo que proviene del error gramatical y sintáctico, lo que arroja significantes sin significado, o con un significado que podemos intuir y que de alguna manera está en el desplazamiento lexémico de las palabras como las conocemos. Este año se cumplen 100 años de Trilce, cumbre de la lengua y la poesía latinoamericana, y hasta el día de hoy no hay claridad (no tiene por qué haberla) sobre el título y una cantidad ingente de palabras extrañas como “hifalto”, que mezcla hifas con altura.

Este libro surge de una situación aparentemente peregrina: “Me dijo en la fila que necesitaba un dron”. El dron aparece como necesidad, de allí la crítica del libro. Un dron no es una necesidad, y el sistema neoliberal está basado en la contingencia, es decir, en lo que es innecesario por definición (Luhmann). Las consecuencias de esa frase son este libro que seguramente merece un análisis más detenido. Por ejemplo, en el texto directorio de empresas encontradas en ejecutados, leemos: empresas de la mayoría, empresa de la inteligencia, empresas de la persona, empresa de contra de un comunidad, empresa con la información principal, empresas de los tecnológicos de los capaces de la Internet, empresas con la Contrabable de la perrea, etc. Todas estas empresas merecen un análisis político-semántico, como mínimo. Y su destrucción. Lo que Dronbot muestra es el reverso del lenguaje, o los acoplamientos estructurales, como llamaba Luhmann a los roces sistémicos. Este libro se despliega como un sistema que toca todos los sistemas, que se acopla con el sistema político (“La interacción de su modelación de una asociación de las imposiciones”), el sistema educacional (“Residentes de la reducación existen consultas en la cueva a la reducación), el sistema solar (“En el caso del sol, el punto más caliente no está cerca de las llamas”; “Nuestro modelo no favorece ni a uno ni a otro, sino a ambos al mismo tiempo), el sistema de comunicaciones (“En la monotonía se abre una pregunta en que las luces se apagan”). La composición de este libro parece entregar su clave cuando señala que “la reproducción se hizo a partir de un modelado en tres dimensiones de la estructura original”. Réplicas de territorios desplazados o desterritorializados, un robot que vigila el mapa del lenguaje, lenguaje alterado por la máquina. Esto, en función de una crítica a “lo muy continual”.

Por último, quisiera señalar que Dron corre un doble riesgo a tener en cuenta: es un libro difícil en comparación con la mayoría de los libros publicados el año pasado, lo que se agradece de  sobremanera. Como advierte Lezama Lima: sólo lo difícil es estimulante, y este no es un libro complaciente ni condescendiente, no subestima al lector, sus frases resultan problemáticas en un contexto donde la mayoría se pliega a lo que dice la media solo para no ser apuntado. Para el sistema de publicaciones, este libro parece sacado de otra dimensión, una dimensión donde los individuos “son prisioneros de sus manos” pero que está frente a nuestros ojos, ahora, encandilando, mientras drones vigilan nuestros pasos, pero no nuestras lecturas. Al menos no todavía.

Christian Anwandter (Santiago, 1981). Ha publicado Para un cuerpo perdido (Ed. Tácitas, 2008), Colores descomunales (LOM, 2012) y, junto a Laura Petrecca, Aquí vivía yo (27 Pulqui, Arg., 2015).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *