La llama no ve animal detrás. Sobre «Cardador» de Natalia Rojas

Por Simón Villalobos

Cardador
Editorial Aparte
2019

La disposición de lo literario como práctica reflexiva que produce el cuestionamiento o el hallazgo, la delimitación de formas de conciencia de lo real; esta disposición forcejea con los saberes y en algún sentido los desprecia, vuelve el rostro hacia las palabras, los gestos perdidos, sobrantes que revelan el desvío en las conversaciones. Regresa, recuerda materias mordidas para desde ahí dar forma a un emblema, el trazo de una serie de preguntas antes que gire el cuerpo o amanezca. Cardador (Editorial Aparte, 2019) de Natalia Rojas (Melipilla, 1983) esboza el merodeo, la multiplicidad de estímulos que cercan la formación de una conciencia y lo hace mediante la imagen como un proceso energético, expansivo, confrontacional, desbordante sobre aquello que interroga. Pasa el mediodía a la tarde, la llama flota sobre lo real, fermentan debajo los engarces oracionales y en medio dejaron de importar las condiciones reunidas para nombrar demasiadas veces y ya de memoria lo común. La construcción se desprende, diverge y de soslayo niega.

Cardador sobrevuela el marco de referencias habituales del incuestionado realismo literario predominante en Chile. Con la vista fija hacia arriba, pasa sobre las formas y contingencias de la sociabilidad literaria –realista también en tanto arbitraria filiación de títulos y sangre: el cúmulo, la selección periodística de figuras y carreras que ha sustituido casi completamente los desarrollos críticos de la escritura-; y debajo de ese panorama o mezquino escenario los poemas de Rojas estiran una urdimbre de luces materiales, poniendo en juego un dinamismo “libre de metafísica”, “sin combustión ni letra”, “a salvo del agua, a salvo del oxígeno”, sin gasto ni necesidad.  

Este impulso –imaginativo, interior, abdominal- genera un marco de coordenadas interpretativas en el que se ensaya, en primer lugar, la tensión entre lo contiguo y lo simultáneo. Por una parte, el trayecto o serie temporal de la música y la lectura y, por otra, la impresión inmediata de un cuadro, fotografía o mural. Ezra Pound anotó que en los poemas la armonía se da por la acumulación de residuos. De la lectura de Cardador, como al cerrar los ojos para dormir, restan destellos que parecieran sedimentar su significación en una sola mirada. Sin embargo, a cada signo y sonido le sigue otro: el sol en el insecto, el insecto en la flor, el animal que la come o incorpora, el pelaje vuelto hilo, que a su vez compone el telar y, en él, la inmediata memoria de toda esa vida escrita. Sucesión, extendido ciclo vital de una materia degradada o incorporada en un nuevo sistema. Flujos informáticos, cadenas digestivas de significación, continua fusión de imágenes que defecan y respiran. La sujeto trenza, ordena –obedece- las vidas de los objetos y luego, escribe o piensa: “piedra hazte mar”, y en el mar “un abismo de historia” crea “un espejismo [que] flota en el deseo de hacer”.

La indagación perceptiva propia de la práctica o el aprendizaje de un arte (cundir, hilar, tejer, escribir, dibujar, diseñar el espacio), además de proponer la paradoja temporal ya mencionada, en segundo lugar, se desarrolla con la sinestesia, la descripción desplazada de los sentidos corporales: la vista se dice en el oído y el tacto. O, en otro orden, la imagen y el sonido se fusionan concentrados en la textura de los versos que amalgaman las materias:

el tejido se le aparece al sonido, quedo. sabemos que ahora están abigarrándose.
Aquellos movimientos son un rumbo. el sonido enmaraña el silencio en los
espacios vaciados de la maraña, se precipita la luz, lo que decir, la pupila sobrante
retorna detrás del horizonte con el nudo hecho imagen, dibujo y punto:
una dimensión detrás

En este fragmento, maraña y nudo generan el desfondamiento de las escenas, como si desde una ventana, ojo o vidrio enredado entre las bolsas que revientan emergiera una nueva lámina encandilada, un nuevo detrás, otra detención o perspectiva. Paralelamente, aun cuando perdura un laconismo abstracto en cuanto a los sustantivos (sonido, rumbo, luz, etc.), la velocidad entre los elementos nombrados propone una sobreabundancia que sin ocultar lo visible -el contorno de cada acción y concepto- comienza a acentuar atracciones y choques entre animales y grafías y procesos vitales. Me parece entonces que el entrevero de estímulos nos permite dejar de ver lo conocido y, en su lugar, atender las implicancias de lo inédito: cambia, traslada el punto de apoyo.

Resulta fundamental en estos procesos el movimiento de la mirada o la cámara que alterna entre grandes panorámicas de suspensiones sobre el vacío y acercamientos en que los objetos aportan nuevos trayectos detallados, adquieren temperatura y vibración, pues “el ojo pierde el horizonte, aborda la minucia”. De este modo, al alejarnos entramos a la imagen y al acercarnos nos confronta una pregunta que obliga la distancia:

tuve un sueño, salía de una casa de madera llamando a un animal como si de él yo
necesitara oír un mensaje. agüita agüita agüita traía su nombre. no era un pájaro.
lo llamé desde el quicio de la puerta, quieta. agüita agüita agüita, así corté
el viento con el viento de su nombre propio. apareció la llama, ascética y casi de
noche abriendo el color del día solo a brincos. agüita agüita agüita es café, ocre,
marrón

Asimismo, es relevante en Cardador la conjetura de la capacidad de contención de palabra e imagen y, junto a este cuestionamiento, el desarrollo de formas de representación. Ello es destacable en pasajes en que lo ausente se nombra desmembrado en la sucesión: “e/s/t/á”.  Esta objeción o dificultad, las letras del verbo entre barras (“e/s/t/á”), señala la promesa, la postergada aparición del emblema en el telar, mediante los pedales que construyen intervalos detrás o después de sonar cada oración: “Los nudos cruzan el cuerpo y con antenas eléctricas dibujan nervaduras de alas en cada neurona del cerebro: e/s/t/á vivo”. Lo ausente está separado en la contigüidad y anotado debajo del texto, cubierto por un vacío gravita, llegará.

Son todos estos breves cortocircuitos y fluidos energéticos, bolos y porosidades los que permiten considerar que no es la mera negación (el aislamiento en el absurdo, la esperanza en la disolución o en un más allá del lenguaje) la que sostiene en Cardador el vínculo de la escritura con un darse cuenta de la vida que la alienta o el mundo en torno a esas sentidas vidas circundantes, sino una mirada que, al extender las interrelaciones que llega a comprender, margina y olvida el funcionamiento del mundo según previas definiciones tácitas y por lo mismo diverge espontáneamente del lugar que el arte ocuparía como engranaje productivo de ese mecanismo.

Los poemas de este libro hacen legible fuerzas y distancias que permitirían oír-tocar-ver (“¿qué son labios? ¿qué son miradas que son labios?” preguntaba Xavier Villaurrutia) dinámicas concatenaciones significantes de las que emerge el telar como objeto que guarda y oculta una seña: la impresión del día golpeando el asfalto o la mengua de la luna por un parabrisas cargado de polvo. Por una parte, la figura que completa una orientación y, por otra, el telar como oficio que concentra, impulso interrumpido por la circulación de los cuerpos, oficio que liga los contornos de esas interrupciones.

Es así que la escritura de Natalia Rojas, lúcida y de una intensidad activa como pocas, propone la iluminación de otras causalidades (lo animal no humanizado sino el vuelco de dichas jerarquías, los desfondamientos de las dimensiones perceptivas debido a la abundancia de códigos y mixturas, son algunos aspectos), y mediante ellas convoca grados o formas de sensibilidad que permitan diseñar una situación alterna a la inercia imaginativa de un realismo chato e ingenuo, vadeando el reflejo o el deber descriptivo en pos de la invención de planos y escalas de síntesis que cobijan una intimidad inusitada y próxima: “antes de la mano, el oficio; antes del ojo, el dibujo y la vena, buscando lo propio”.  

Natalia Rojas (Melipilla, 1983)

Teje-planta y escribe. Publicó Pedernal en coedición Chile-Argentina por Cuadro de tiza y VOX Ediciones, Cardador (Aparte, 2019) y Dorso de una taxonomía (LP5, 2020).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *