El tiempo vivo [Entrevista con Eduardo Espina]

Por Simón Villalobos


Con Eduardo Espina, confinados él cerca de Texas y yo en Santiago, hablamos en junio de 2020, justo el mes en que suele estar acá, junto a sus estudiantes de Texas A&M University, y justo después de un año de la presentación de Mira lo que has visto, una selección de su obra editada por Traza. 
La obra poética de Eduardo, nacido en Montevideo en la década del cincuenta, consta de una decena de ediciones y varias decenas de antologías, entre las que destaca su participación en Medusario (1996), volumen clave del neobarroco latinoamericano. Desde Valores personales (1982), su primer poemario, su propuesta se caracteriza por la abundancia, el exceso inestable de significaciones, la fluidez sonora de acentos y texturas, el ingenio de la cultura popular -una suerte “color local” uruguayo, señala Eduardo Milán- mezclada con referencias letradas eventualmente paródicas o cuyo resultado es una sonrisa a medias. Además, se ha destacado por sus ensayos –ha ganado dos veces el Premio Nacional de Ensayo en Uruguay- y la publicación de estudios que promueven el acervo crítico en torno a la poesía, a veces como una conversación o el detallado recorrido de un fanático por las obras que lo han sorprendido, como sucede en tSURnamis vol.1, publicado por Mansalva en el 2017. 
Con revueltas, pandemia y crisis económicas en medio, conversamos sobre el lugar de la escritura entre todas esas fuerzas y los discursos que ruedan embolsados en ellas, sobre las nociones de lo actual y los modos en que el poema comparece con el presente o -contra el presente- cómo el poema nombra los gestos que se fugan de los inventarios epocales y sigue siendo otra forma de mirar. 

SV: Estamos haciendo esta entrevista a través de una plataforma, plataformas que ahora estamos utilizando para casi todas las relaciones sociales en las que queremos profundizar, para hacer clases, etcétera. Es un contexto particular que en algún sentido abre la posibilidad de que nos olvidemos de las distancias geográficas, pero la literatura supone tal vez esa posibilidad o aspira a esa posibilidad de saltar las distancias geográficas. ¿Cómo ves tú el rol comunicativo de la literatura en este momento de distancias físicas que no necesariamente son distancias sociales o distanciamientos comunicativos?


EE:
No lo he pensado porque en cierta manera todos estamos como el boxeador al que han noqueado en el octavo round, se levantó antes de terminar la cuenta, la pelea no terminó y vamos a ver cómo quedamos después de la pelea, es decir, no sé, este efecto, el efecto del coronavirus, no sé cuáles van a ser los efecto incluso en el aparato editorial, tanto que bastante interesante es el hecho de que todavía no ha crecido mucho el ebook, se podría haber pensado que se iba a disparar y que iban a aumentar un 40% y ha sido menos de 1% al día de hoy. Es un reacomodo lo que estamos viviendo, que puede ser muy temporal si es tan así como dicen que en diciembre va a estar pronta una vacuna, yo creo que entonces inmediatamente el chip nos va a decir volvemos pronto a la normalidad y esto en un año va a ser visto como algo anecdótico. Yo creo que desde el punto de vista de la comunicación, de la literatura no pasa tanto por este momento sino las formas en que se va a escribir la literatura. Leo comentarios en el New Yorker de autores elogiados, me pongo a leer y digo “pero esto es pésimo” y estamos hablando de gente que son profesores en Yale, en Harvard. Hay una pauperización del gusto. Después digo ¿estaré equivocado? y abro a Musil, por ejemplo, o abro a Proust, una página, y digo esto está bien escrito. Es decir, o yo me quedé atrás o lo que viene no es literatura. No pasa solamente por el momento tecnológico, de la enfermedad o el contexto económico, por contexto económico me refiero al aumento enorme del desempleo que va a generar una crisis mental muy grande en el mundo, sobre todo al nivel de gente joven, es decir, salir al mercado laboral y no tener trabajo. Pero eso no tiene nada que ver con la literatura. William Carlos Williams le criticaba a Wallace Stevens que en 1942 estaba escribiendo poemas sobre que era feliz los domingos de mañana, cuando los soldados estaban muriendo. ¿Qué puedo hacer para cambiar mi ánimo –le responde Stevens- si los poemas me salen así? Y al día de hoy leemos los poemas esos, de esa época tan crítica para la historia americana y siguen siendo geniales fuera del contexto de que fueron escritos durante la Segunda Guerra Mundial. A lo que voy es que se han juntado una cantidad de cosas y ahora podemos culpar a este momento histórico tan particular, que creo que nunca lo hemos vivido antes, de todos los males en la literatura que se venían arrastrando de antes. Yo creo que falta rigor, eso es lo que se ha perdido, falta rigor, faltan buenas frases. 
La otra vez, me puse a buscar en una novela –no la voy a mencionar- de una escritora mexicana que está muy de moda hoy en día y voy a la página quince de un libro que ha aparecido elogiado en todas partes y no puedo encontrar una frase memorable. Ese mismo día digo tengo que hacer algo con la mente, la tengo agobiada de tanto leer mala literatura y me pongo a leer “El sur” de Borges: “el destino suele ser implacable con las mínimas distracciones” y digo he vuelto a la literatura. Es decir, uno lee un cuento de Borges o uno lee un poema de Lihn y uno encuentra versos fabulosos, uno encuentra frases extraordinarias, esa literatura parece estar muriendo. Yo creo que no es que esté muriendo, estamos viviendo un contexto muy especial donde se ha perdido la calidad de escritura gramatical, publican una novela y están mal usados hasta los subjuntivos, o sea se equivocó hasta el corrector o hay algo que me estoy perdiendo. Quizás sea como en aquella película de Woody Allen “El dormilón”, en un momento dicen ¿y esto qué es, un poema?, no sabía que en el mundo del futuro se iba a escribir esta poesía, un poema pésimo. Entonces, claro, yo creo que este momento histórico lo vamos a tener que ver en perspectiva dentro de cinco años, porque cuando vino la plaga de la gripe española, en 1918, la gente se olvida que estaba pintando Egon Schiele, que murió precisamente de esta enfermedad, una fiebre atroz, y en ese momento era un tipo desconocido –o bueno no desconocido, pero no tenía el prestigio que hoy tiene en el mundo artístico y académico y, cuarenta años después, lo vemos en la perspectiva de que este es un pintor extraordinario más allá de que haya muerto de la enfermedad. Por ejemplo, los estudiantes me preguntan ¿de qué escribo?, les digo que traten de escribir buenas frases, buenos versos, porque plagas ha habido siempre, dificultades ha habido siempre, lo que pasa es que nos habíamos acostumbrado a un periodo en el mundo de un crecimiento rápido. Esto que está pasando en Chile uno lo conoce muy bien, uno iba a Chile y la gente se podía comprar un auto a crédito y es como una inflación de ilusiones, pasaba lo mismo en Uruguay y de pronto nos encontramos con esta vuelta a la realidad, pero la literatura no tiene nada que ver con eso. La literatura tiene que ver con sentarse frente a una página y escribir una buena frase que dentro de cincuenta años… hoy en día, quizás no sea solución a los problemas que tenemos, pero dentro de cincuenta años va a resistir el paso del tiempo.
 
SV: Es interesante esa postura, la relaciono con la crítica de Lihn, ya que lo mencionaste, que plantea en los años ochenta referida a la poesía política, de los poetas que “se comprometían con la realidad pero no con la poesía”. No sé si tú estarías de acuerdo con esto, pero tal vez el problema es cómo se entiende la actualidad en literatura, pensado en que es actual hoy en día Egon Schiele o Lezama Lima o Wallace Stevens, es decir, esta idea de que en el arte todos los tiempos están superpuestos, entonces llegar al presente no es una operación de simplemente poner los nombres del presente en circulación, decir virus o nombrar los problemas actuales como el racismo, pensando en el contexto actual de Estados Unidos.

EE:
Claro, el otro día me pidieron un poema para un libro y estaban todos los temas actuales y era una especie de decálogo de CNN, de los temas que toca CNN, temas que marcan rating y yo no escribo de esos temas. Entonces, les digo, yo estoy escribiendo un libro sobre la muerte, un tema que yo había dejado porque hoy en día a la gente no le interesa el tema de la muerte. Un tema fascinante, creo que la influencia de la cultura anglosajona, el hecho de vivir en un mundo burgués complaciente, produce que no se hable de la muerte. Aquí no hay celebración como la hay en México o en la cultura hispana, en países de raigambre católica muy fuerte, donde se celebra la muerte o no la muerte en sí, sino el hecho de que haya otra vida y una cantidad de elementos míticos relacionados a la cultura religiosa. Pero cuando le digo al editor del libro que la muerte es el tema que interesa, porque es el tema del día, me queda mirando como diciendo ¿me está hablando en broma? Yo creo que la muerte nunca ha dejado de ser tema. Uno sale a la calle y ve a la gente que no tiene qué comer y está trabajando diez o catorce horas para darle de comer a la familia y uno ve la muerte en progreso, porque no creo que esa persona vaya a pasar de los sesenta años de vida. Yo creo que otro de los temas es el oportunismo a nivel de superficie con el tema de virus. Cuatro años atrás nadie leía La peste de Camus y hoy todos los escritores son expertos en Camus. Lo mismo que el tema del racismo, yo soy mentor de estudiantes hispanos y de muchos estudiantes afroamericanos en Estados Unidos y me preguntan ¿qué tiene para decir sobre el racismo? y yo les contestó que no tengo nada para decir porque hace treinta años que vengo diciendo lo mismo. Me hace acordar a este escritor que se estaba muriendo y le preguntan “tiene últimas palabras” y responde: “me pasé toda la vida escribiendo qué últimas palabras voy a decir” y esto es lo mismo, esto de ocupar un espacio oportunista para figurar en las páginas de los diarios, para figurar en las redes sociales. Una escritora argentina que me gusta mucho que es Selva Almada dijo “yo no tengo nada que decir sobre el virus, porque lo que vengo escribiendo lo vengo escribiendo de antes”. Uno no puede cambiar el ritmo. En cuanto esta necesidad de figurar de los escritores, se habla por todas partes del boom de la poesía, pero yo no veo gran poesía, lo que veo es poetas o gente que escribe poesía hablando del tema del momento o de los temas del momento, porque son varios, temas o problemas que han estado siempre, pero cuando se requería mayor pensamiento esto no marcaba rating, ahora que marcan rating sí, vamos a hablar de ellos. Entonces, hay una confusión muy grande entre redes sociales, promoción, figuración y literatura, que es, como bien decía Josephine Heller, la buena frase que cada tanto aparece.
SV: Me gustaría conectar esas reflexiones con tu poesía porque me parece, revisando el libro que hicimos hace un año (Mira lo que has visto) y otros como el Cutis patrio y también este otro de ensayos (tSURnamis vol. 1); revisando todo esto, me voy quedando con que en tu escritura en general, no solamente la poética sino también en la ensayística, hay un elemento siempre transgresor, hay un intento por recorrer las convenciones traicionándolas, siempre forzando irónicamente una suerte de insuficiencia del modo convencional de decir. Por ejemplo, cuando cuentas de esta entrevista a Borges en que te comes su desayuno. Borges está contando sus sueños con todo el suspenso y una cierta solemnidad y tú te estás comiendo su media luna, medio atragantado. Esa escena es humorística pero también transgresiva y pone en circulación muchas cosas, es decir, no es la escena donde el autor es una suerte de efigie del futuro, sino que la atención se desata, uno se desconcentra, atiende a muchos focos y, de repente, hay una reconfiguración las necesidades, los énfasis, las cosas qué importan. Me parece que en tu escritura hay ese ánimo, entre todo lo que sucede, porque hay también el cultivo de un sonido que es elocuente en sí mismo, pero además está este impulso de ir rompiendo una cierta certidumbre o inercia de la certidumbre.
EE: Hacía tiempo que no oía esa palabra, la transgresión hoy en día está muy mal vista, porque se ha ocupado espacio de radicalización a partir de lo que no se puede decir, no la radicalización surrealista de ir contra el status quo, sino la radicalización de una especie de aislamiento de cada uno y este es otro de los signos de la época. El tema de Borges… yo este libro de ensayos que apareció en Mansalva lo presenté mucho antes a una editora en Uruguay y me dijo que el libro era irrespetuoso y lo rechazó. Siempre ha habido una forma de transgredir que es ir contra la forma normal –entre paréntesis- de interpretar la realidad a partir de esa salida de la norma lingüística, en el planteamiento de las frases, en la perspectiva, en el hecho de entrar no en el ego, no en el yo narrador o el yo cronista y contar lo que engrandece al escritor. Esta es una de las cosas que me horroriza de la literatura actual, que en la llamada literatura del relato personal siempre hay un engrandecimiento del escritor, una inflación del ego y yo lo que busco es transgredir diciendo no soy nada (con Borges). Ahora que mencionas eso, me regresa a la imagen de Borges, que era mi gran miedo, que me hubiera cachado la mano ahí, agarrándole la media luna, hubiera sido una cosa horrenda, hubiera llegado la seguridad del hotel para echarme y decir al escritor “usted le estaba comiendo el desayuno” y fue durante la dictadura militar, es decir, ahora que lo pienso hubiera sido genial: detienen a un míster desconocido, como era yo en esa época, tratándole de comer el desayuno a un escritor. Es decir, a partir de lo mínimo inexistente, el otro yo de la realidad, a la cual no prestamos atención, quizás ahí… ¿y a qué me refiero con el otro yo de la realidad? Sería Tchaikovsky tomando agua sabiendo que tiene cólera, cuando todo el mundo hablaba de la música de Tchaikovsky o del compositor, pero no del pequeño detalle de que había optado por la muerte, o ya que mencionamos a Egon Schiele, el hecho de que sabía que su mujer estaba mal y haya dicho, bueno, si nos vamos, nos vamos los dos. Claro, ahora en perspectiva ese se ve como un gesto heroico, casi suicida, pero eso es lo que trato de hacer: ver qué más se puede decir de esta época. Por ejemplo, el otro día me arriesgué a ir a comer, fui al baño y un tipo meando me dice “por fin pude comer bien”, estaba cansado de este virus. “Estaba”, cuando el virus todavía no se fue, pero el tipo decía o me muero comiendo hamburguesas o no tiene sentido seguir vivo y eso no podría aparecer en un diario. Entonces, lo transgresor en mi caso es aquello de lo que no se habla.

SV: Claro, lo mínimo inexistente. He estado pensando en este libro que hicimos en uno de tus viajes de invierno -el invierno perpetuo de Eduardo Espina-, y he estado leyendo interesado su aspecto retrospectivo…

EE: Perdón que te interrumpa porque después se me va el ferrocarril en otra dirección: ya que estamos hablando de El sur de Borges, me siento como Juan Dalman que lo dejan en medio de la planicie y dice “pero esto no es ninguna estación”, pero le dicen “se tiene que bajar aquí”. Ahí hay dos poemas en el libro que tienen mucha actualidad y uno de ellos es el poema donde yo escribo de Rotterdam y la idea del poema es qué sería para Erasmo despertar y ver la ciudad destruida como se puede ver en las primeras filmaciones que se hicieron de Rotterdam después de la Segunda Guerra Mundial.  Respecto de este poema, he pensado que es un poco lo que nos ha pasado ahora, despertar y ver que Santiago está cerrada, se está muriendo la gente, ese shock inmediato que tenemos con la realidad, como lo que escribe Cormac McCarthy en The road, ¿qué pasa si un día despertamos y el planeta desapareció y estamos vivos? ¿Cómo escribir sobre eso? Y esa para mí fue una cosa alucinante, ver esas filmaciones, pues los nazis destruyeron Rotterdam porque era gran puerto y una entrada al comercio. Estoy viendo eso en una biblioteca durante tres horas, conmovido: humo, cenizas, destrucción, pedazos de edificios y, de pronto, un cartel que dice KLM con una flecha al aeropuerto. Esperemos que esto se acabe pronto, pero ¿qué pasa si la civilización queda arrasada? Bajo la hipótesis de que quedemos vivos ¿cómo vamos a recuperarnos del arrasamiento total, de la desolación? Y yo creo que en ese poema me sigue sorprendiendo esa reflexión porque ha pasado el tiempo en mi vida, en mi mente y ya no tengo ese entusiasmo que tenía. En esa época, tenía la idea de que si hay ese arrasamiento y no queda nada tengo que hacer algo para que esas cenizas vuelvan a ser construcciones, formas. Hoy en día tomaría una posición un poco más distante porque lo que veo adelante es mucho más pequeño en términos temporales de lo que he vivido.
SV: Es interesante el cambio de perspectiva que uno puede seguir en Mira lo que has visto desde esos elementos mínimos que sobresalen en los poemas más antiguos, como en ese poema del chinito, esas vivencias de barrio del Uruguay, hasta la mirada panorámica como en este poema que tú mencionas de Rotterdam  (“Es una ciudad haz lo que quieras”), pero también en ese otro poema “El cine lo hizo todo por sí solo”, que son poemas que logran entregar un panorama a partir de una experiencia personal, mínima, del cine, de ir al cine con alguien, del entorno represivo de un lugar en un momento. Hay como un cambio del uso de la cámara en tu poesía.
EE: Me había olvidado que te había dado ese poema, que estaba incluido en este libro el poema del cine. Yo escribo dos o tres, he llegado a escribir cuatro poemas por día, escribo más de lo que publico y no publico más por una razón de mucha corrección, de mucho control de la materia gramatical y también de la perspectiva y yo creo que este poema, el del cine, es mi poema favorito. Recuerdo que salí del cine con una novia horrenda que tenía en Uruguay y digo horrenda porque era una burguesa para la que la poesía representaba lo inútil. Entonces, salimos de ver American graffiti y fue uno de esos momentos de certeza en que dije “me tengo que ir de este país, porque acá me voy a volver loco”, eran los tiempos de la dictadura. Este poema fue escrito mucho tiempo después, siendo yo otra persona, siendo el Uruguay otra persona, sin embargo, el lenguaje en cierta manera… Volví a ver la película, la película de George Lucas, y me di cuenta al revisar las imágenes de la película, al revisar ciertas escenas, como aquella en que pasa la rubia en el auto descapotable, ahí el tiempo se había detenido y ese es el tema del poema: el tiempo se había detenido y en un instante de un infinito, de un tiempo eterno, coinciden el que yo había sido con el que era en ese momento y con el que soy ahora. Yo creo que el poema capta eso, el poema capta un elemento muy importante que para mí tiene que tener el escritor, esta perspectiva móvil, ¿con cuál de todos los yo está escribiendo?, ¿con el de ese momento?, ¿con el que ha experimentado antes?, ¿o con aquel que es el futuro y que quiere llegar al próximo verso? Porque hay un desplazamiento, el tiempo de un verso no es el mismo del tiempo del verso anterior, ya en ese instante la mente cambió. En ese fluir del tiempo no sé cuántas veces nos bañamos en las mismas aguas, pero este poema tiene que ver con ese momento en que tuve –y creo que fue una de las pocas veces en la vida- la percepción de que este deja vu, esto que ya he vivido antes, lo estoy viviendo de la misma manera que treinta años antes.
SV: O sea, la imagen como una condensación compleja, problematizadora, no esta idea estanca, quieta, sino que es algo que está tiritando para salir.
EE: Claro, a mí los poetas que –uso una expresión popular en el Uruguay cuarenta años atrás- me vuelan la cabeza (cuando escuchábamos a Led Zeppelin o a The Who); los poetas que me vuelan la cabeza son aquellos que los estoy leyendo y de pronto no sé en qué tiempo estoy, a qué tiempo me está llevando. Como el caso de Wallace Stevens, ¿qué tiempo es?, ¿el tiempo de una mañana de domingo?, ¿el tiempo de una mañana de su infancia? Y este es otro de los problemas que detecto, hoy en día se escribe un tiempo unívoco: “estoy con mi tío acá tomándome unas birras, viendo un partido de Boca”, y digo pero ¡qué es esto! Y veo que tiene cincuenta mil seguidores y es recomendado por algunos diarios argentinos como un genio. La literatura, si uno la ve desde un punto de vista formal, siempre ha sido la misma: Boccacio, Proust, Wallace Stevens, Neruda, Lihn, es decir, hay un ser que piensa de una manera profunda, que sabe poner una palabra después de otra y que me invita de una manera que yo no estoy seguro si voy a aceptar, si voy a entrar en eso, pero inmediatamente me genera un enigma a partir de una grandeza metafísica. Yo leo la Oda al tiempo de Neruda y digo “este es un tiempo que yo no había considerado”. Yo creo que esto es lo que falta, esas varias perspectivas, es decir, no sé si lo logro o no, pero es un fracaso monumental y eso es lo que le pido a la literatura, que sea un fracaso monumental como leer a Montaigne, El pequeño ensayo sobre el pulgar, cuando lo leí me fascino y dije ¿por qué es solo una página y media? Porque Montaigne dijo ya no tengo más ganas de escribir sobre esto, todo lo que tenía que decir ya lo dije en una página y media, una perspectiva sobre el pulgar impensada.
SV: Me interesa esa oposición entre un tiempo unívoco, un tiempo chato, en que las respuestas ya están todas sobre la mesa y solamente se pueden mover esos elementos, empiezan a circular esos mismos elementos, y ese fracaso monumental, ese juego con el error, el ensayo que sería la escritura.
EE: Hace unos años, estaba con unos estudiantes en estos lugares que alquilan para hacer asados y que tienen piscina y un estudiante me dice que fue campeón de salto de trampolín en la secundaria y que va a volver para calificar a los olímpicos. La piscina estaba a medio llenar y yo le dije si eres tan bueno tírate ahora. Bueno, yo creo que ese es el trabajo del poeta y salir ileso. O sea, en el intento te puedes clavar de cabeza contra el piso de la piscina, pero el salto no te lo quita nadie.
SV: Quería terminar preguntándote algo distinto de los temas que hemos ido llevando en esta conversación: sobre la valoración de la literatura escrita por mujeres, ¿cómo crees que eso ha progresado, avanzado en el reciente tiempo?, ¿qué te parece a ti esa revalorización o ese énfasis en indagar por más escritoras, por más perspectivas desde la mujer?
EE: Bueno, yo lo primero que leí en mi vida fue Delmira Agustini, que me pareció fascinante. O María Luisa Bombal, que es una de la pocas escritoras, hombre o mujer, que sabe usar los adverbios terminados en mente. García Márquez decía que no se puede considerar una buena literatura aquella que usa adverbios terminados en mente y en muchas cosas Bombal le enseña cómo contar lo mínimo a García Márquez. Mencionaba también a Selva Almada. En cuanto a poesía hay poetas extraordinarias. Yo creo que es un momento extraordinario para darle la bienvenida a la diversidad en todos los aspectos, algo que hemos conversado muchas veces con mi querida amiga Carmen Berenguer, el hecho de que antes la mujer, el gay, el afroamericano eran una nota al pie de página y hoy en día se abrió el campo y eso me parece fabuloso, e incluso encontramos discursos poéticos, narrativos donde el género se entrecruza y aparece esto que yo he defendido siempre, que es un lenguaje que va a lo amorfo, a lo híbrido, a lo indefinible. Ese es precisamente el gran desafío de la literatura, el gran desafío de la literatura es preguntarse quién está hablando. Yo creo que se ha puesto de moda -y digo esto porque en un tiempo se pusieron de moda los neobarrocos y me invitaban para todos lados-, hoy supuestamente está de moda al menos en las casas editoriales norteamericanas la literatura escrita por mujeres, esa es una estupidez porque las mujeres siempre han escrito bien, desde Safo. En el siglo XX, el erotismo de Delmira Agustini es mucho más poderoso que el de Darío. El erotismo de Darío es un erotismo de matiné y el de Agustini es el de una disco gay a la tres de la mañana: está lo perverso, lo sórdido, lo saludable de la conciencia cuando no tiene remordimiento. O escritores afro como Aimé Césare. Yo creo que lo que sí es muy saludable es que ahora la tajada, la torta la vamos a dividir entre todos. Pero para los que hemos estado siempre en el margen no tiene nada que ver con el género o con la parte étnica, esto tiene que ver con los discursos que han sido poderosos, aceptables y esto es tema para otra conversación: los grandes grupos editoriales han estado sólidos desde hace sesenta años en un mundo capitalista, burgués, neoliberal, en el sentido de que en un mundo así se produce solamente lo que se vende. Los últimos sesenta años del siglo XX y XXI han estado marcados por grandes grupos imperialistas editoriales que han marcado el gusto, nos hacen leer lo que ellos consideran publicable. Y yo creo que este es el momento para tocar este problema, lo digo porque los grandes grupos editoriales van a sufrir mucho, no van a poder hacer los mega-contratos a escritores dudosos que de pronto son moda por lugares supuestamente prestigiosos como el New Yorker, que es el reino de la hipocresía, y que es seguido por la inteligencia cultural latinoamericana y el New Yorker son unos burgueses de izquierda capitalistas que solo publican literatura fácil: lean los poemas que publican, lean los cuentos que publican. Esto me parece muy grave, porque esto ha influido en la forma cómo pensamos, que es chata. Alguien de Wallstreet o Las Condes se suscribe para decir “yo también soy culto”, leyendo a poetas como Anne Carson que ha estado glorificada, uno la lee y no hay mucho ahí lingüísticamente, no es poderoso, es muy entendible todo lo que escribe, mientras otras poetas americanas como Susan Howe, que tiene ochenta y pico años, quedan al margen porque no han estado en la construcción cultural capitalista burguesa, donde entra la derecha y la izquierda indiferentemente, porque se trata de una máquina de producir fenómenos literarios que luego pasan diez años  y uno dice ¿dónde está? ¿Dónde está esa literatura? Y, como diría la película de María Luisa Bemberg, de eso no se habla, porque las redes del poder son muy grandes. Lo mismo los narradores que dicen “yo siempre he estado en contra del poder capitalista” y todos aceptan publicar con Mondadori o Seix Barral, todos aceptan, los invitan a una comida y firman contrato, adiós editoriales independientes y se consideran los escritores que están luchando contra el status quo y hablan del racismo, de la marginación, pero ocupan el mismo espacio.
SV: La conexión entre los discursos heterogéneos que abren las perspectivas para imaginar y pensar el mundo y las formas de producción, que justamente van cerrando, van filtrando, van ejerciendo un modelamiento de los discursos. La posibilidad de que los medios productivos estén integrados en los procesos creativos.
EE: Sí, por ejemplo, ¿cuál es la política de las editoriales independientes? Publico a los mismos que ya publicó Planeta, me dio un libro a mí, entonces lo publico. No se están arriesgando por lo nuevo, lo difícil, están publicando nombres que supuestamente están produciendo lo nuevo, pero que ya han sido apropiados por el status quo editorial. Entonces, el escritor marginal, ése no figura nunca. Este es un tema muy grave de nuestra época: la pauperización y la masificación del gusto.  A lo que voy es que te doy un libro a ti porque me interesa, me interesan los lectores que te siguen, por propia decisión, con mi conciencia. Siempre he vivido al margen. Ahora vivo en un pueblo de Texas que cuando llegué no existía en los mapas, he plantado bandera de vivir al margen y me voy a morir diciendo “lo logré”. A mí me han ofrecido de una editorial muy grande que escriba un libro sobre la academia norteamericana. No me interesa hacer un libro masivo sobre la academia, ¿para qué?, ¿para figurar en el diario? La literatura es una forma de vida, una forma de salvación, no necesito la fama. Yo lo que necesito es que todos los días me salga una frase buena o al menos intentarlo. Hay muy poco investigado sobre redes sociales, pero uno entra en una maquinaria donde siempre tienes que estar en primer plano y si no estás en primer plano parece que tu literatura no vale o no importa. Entonces, entre la literatura como forma de salvación y la literatura como forma de figuración el trecho es enorme. Lo independiente es dudoso, lo marginal, eso es lo que me interesa, la literatura del margen.
 

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